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martes, 28 de julio de 2015

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martes, 21 de julio de 2015

¿Puede nuestro grupo sanguíneo decirnos cómo comer?

"Estamos unidos por la sangre,
y la sangre es la memoria sin lenguaje"
Joyce Carol Oates

La idea de poder diseñar una dieta que se adapte plenamente a las características genéticas de cada individuo lleva planteándose desde hace algunos años en el mundo de la nutrición. Ser capaces de analizar ciertos genes con el objetivo de seleccionar los alimentos que mayores ventajas pueden aportar a una persona y descartar aquellos que pueden ser fruto de alergias e intolerancias actuales así como actuar a modo de factores de riesgo para desarrollar una patología en el futuro es una idea tentadora. En base a esta idea, una serie de autores, con el naturópata Peter J. D'Adamo a la cabeza, se plantearon si el grupo sanguíneo del ser humano podría tener alguna relación o servir de guía para llevar a cabo una selección de los alimentos a los cuales una persona estuviera más adaptada priorizando así el consumo de unos e intentando evitar otros que ocasionaran un daño para su organismo.

La dieta del grupo sanguíneo resulta un tema conflictivo para los especialistas en nutrición pero no deja de ser interesante por la gran cantidad de personas que defienden haberse visto beneficiados por la misma. Se trata además de un tema recurrente en distintas webs y foros de alimentación, donde no es raro encontrar miembros que la siguen o la han seguido, con opiniones y resultados dispares. En la entrada de hoy intentaremos aportar un análisis crítico sobre esta dieta basándonos en la evidencia científica disponible sobre ella.

El grupo sanguíneo: conceptos generales

Para poder entender los fundamentos de la dieta del grupo sanguíneo explicaremos primero algunas características de las células sanguíneas.

- Estructura de los glóbulos rojos

Los glóbulos rojos, también llamados eritrocitos o hematíes, son las células encargadas del transporte de oxígeno a los tejidos a través del sistema circulatorio. A pesar de lo que el programa "Érase una vez el cuerpo humano" nos hiciera creer de pequeños, los auténticos glóbulos rojos son moléculas discoides bicóncavas. Carecen de núcleo y de muchos de los orgánulos típicos de otras células, pues necesitan la mayor cantidad de espacio posible para almacenar hemoglobina, molécula encargada de unir el oxígeno y el dióxido de carbono que se intercambian durante la respiración.


La membrana es una bicapa lipídica típica con capacidad de deformarse para ajustarte al diámetro de los vasos sanguíneos por los que discurre el hematíe y posee ancladas a ella una serie de proteínas, muchas de las cuales actúan como antígenos de los sistemas del grupo sanguíneo.


- Sistema ABO

Desde que en el siglo XVII se comenzara a estudiar la circulación sanguínea, se ha sabido que la mezcla de ciertos tipos de sangre provocaba reacciones incompatibles con la vida. Tras los primeros intentos de transfusión de animales a humanos (todos ellos evidentemente fracasados y con mortales consecuencias) este procedimiento cayó en el olvido hasta 1901, cuando Karl Landsteiner descubre que existen tres tipos de grupos sanguíneos [A, B y O (originalmente denominado C)], cuya caracterización hizo viables las primeras transfusiones sanguíneas.


En la imagen podemos observar un ejemplo de determinación de grupo sanguíneo B usando suero con anticuerpos contra los distintos grupos. El suero anti A (contiene sólo anticuerpos contra el grupo A) no reacciona con los hematíes del grupo B; en cambio, el resto de sueros (que sí contienen anticuerpos contra el grupo B) reaccionan. Este tipo de reacción recibe el nombre de hemaglutinación.

Los grupos sanguíneos del sistema ABO vienen definidos por la diferente composición de una proteína de la membrana del hematíe denominada antígeno H, que es una secuencia de carbohidratos unidos a una proteína en este orden: β-D-galactosa, β-D-N-acetilglucosamina, β-D-galactosa, 2-α-L-fucosa. A la galactosa terminal se pueden unir una α-N-acetilgalactosamina en los hematíes del grupo A o una α-D-galactosa en los del grupo B, mientras que en los hematíes del grupo O no se une ningún carbohidrato extra; en el caso de los hematíes AB se expresan tanto la cadena característica del grupo A como la del grupo B.


La formación de las distintas cadenas de carbohidratos en la membrana del hematíe se lleva a cabo por enzimas llamadas transferasas, que transfieren diferentes azúcares sobre una proteína de membrana que sirve de base. La producción del antígeno H depende del gen de la fucosiltransferasa, que se encuentra en el cromosoma 19; la deficiencia de esta enzima origina un quinto grupo sanguíneo denominado O Bombay, extremadamente raro. La adición de otros azúcares al antígeno H para formar los grupos A y B depende de la glicosiltransferasa, cuyos genes se encuentran en el cromosoma 9. Los grupos sanguíneos se heredan de ambos progenitores de forma codominante; esto quiere decir que el gen paterno y el materno se van a expresar en los hijos de la misma forma.


Por motivos que aún hoy se desconocen (se ha sugerido el contacto con determinadas proteínas víricas y bacterianas de estructura similar), durante el primer año de vida un individuo desarrolla anticuerpos contra los grupos sanguíneos de los carece, lo que explica las reacciones que ocurren al mezclar sangres de grupos incompatibles. De este modo, el sistema inmunitario de una persona con grupo A reaccionará contra la sangre del grupo B y viceversa, el sistema inmunitario de una persona con grupo O hará lo propio tanto con sangre del grupo A como del B, mientras que en el caso de una persona de grupo AB no se producirá reacción contra ninguno de los tipos.

La distribución de los distintos grupos sanguíneos varía ampliamente en la población mundial, siendo algunos más característicos en ciertas razas (por ejemplo, el B en los asiáticos). Se cree que el primer alelo en aparecer fue el del grupo A, posteriormente el del grupo O y por último el B; otras teorías apuntan a la posibilidad de que el grupo O apareciera en distintos momentos por mecanismos diferentes, siendo los antígenos A y B anteriores . En todo caso, la mayoría de investigadores parecen estar de acuerdo en que el grupo O no fue el primero en evolucionar (veremos más adelante que importancia tiene este dato).

- Otros sistemas 

Se calcula que hasta 25 proteínas de la membrana del hematíe pueden contribuir en mayor o menor medida al grupo sanguíneo. De todas ellas, y además de las proteínas del sistema ABO, destacan especialmente las del Rh. Este sistema está a su vez compuesto por distintas proteínas, de las cuales la más importante es la D. La presencia del antígeno D en la superficie del hematíe clasifica al tipo sanguíneo como positivo (+), mientras que su ausencia lo clasifica como negativo (-). Si al menos uno de los padres tiene un gen para el antígeno D, su hijo puede heredarlo y ser Rh+ independientemente del gen que herede del otro progenitor. Esto tiene importancia porque, durante el embarazo, el sistema inmunológico de una madre Rh- puede reaccionar contra el feto si éste es Rh+; sin embargo, y a diferencia de lo que ocurre en el caso del sistema ABO, es necesario un contacto previo para desarrollar anticuerpos, lo que quiere decir que este tipo de reacciones solo se producirían a partir de un segundo embarazo.

Como vemos, distintos sistemas de grupos sanguíneos siguen diferentes patrones de herencia lo que va a dar lugar a un gran número de variaciones, siendo difícil encontrar individuos iguales incluso a pesar de compartir el mismo grupo sanguíneo en varios sistemas. 

Fundamentos de la dieta del grupo sanguíneo

¿Podría nuestro grupo sanguíneo indicarnos la mejor forma de alimentarnos? Según los defensores de la dieta del grupo sanguíneo, las distintas variantes del sistema ABO marcarían el rastro de nuestra evolución y nos permitirían determinar hasta cierto punto las características más representativas de nuestro linaje, señalando la forma de alimentarse a la que nuestros ancestros estaban más adaptados. Sería entonces lógico pensar que reproducir un patrón alimenticio al que nuestra particular "familia ancestral" se ha adaptado durante millones de años conseguiría buenos resultados a la hora de buscar un estado saludable y prevenir posibles enfermedades.

Aunque los autores ofrecen una descripción amplia y compleja de las implicaciones de los grupos sanguíneos a varios niveles, incluyendo patrones de personalidad, tipos de ejercicio recomendados y, en general, estilos de vida, vamos a centrarnos en la dieta, por ser el aspecto más tangible del tema.

- ¿Cómo comer según tu grupo sanguíneo?


Un grupo sanguíneo determinado sería una representación fenotípica de una serie de características del genoma de la persona, que podría usarse como guía o aproximación para determinar los alimentos a los que un determinado linaje está más adaptado. Se proponen cuatro variantes:
  • Grupo A. Este grupo es el denominado agricultor o cultivador. Por sus características, las personas de este grupo están plenamente adaptadas al consumo de productos ricos en carbohidratos, con especial atención a los vegetales. A su vez, deben evitar las carnes, ya que las proteínas y grasas de origen animal tendrían un efecto tóxico promoviendo el desarrollo de obesidad, diabetes, y un mayor riesgo para desarrollar cáncer.  La dieta propuesta se asemeja, por tanto, a una dieta vegetariana.
  • Grupo B. Este grupo recibe el nombre de nómada. Las personas pertenecientes a él deberían priorizar el consumo de productos de animales domesticados (cordero, oveja, venado, conejo), incluyendo los lácteos, los huevos y las verduras. Deben evitarse principalmente los granos (maíz, trigo), semillas y legumbres, así como la carne de pollo. El control de su alimentación ofrecería ventajas especialmente en cuanto al control del peso, la fatiga crónica o las alteraciones de la glucemia.
  • Grupo AB. Descrito como una combinación reciente de los dos grupos anteriores, las personas de este grupo tendrían características comunes de ambos, con sus ventajas e inconvenientes. Se recomienda basar su dieta en animales marinos, vegetales; evitando las carnes (sobre todo las curadas) y prestando especial atención a no combinar almidones y proteínas en la misma comida. 
  • Grupo O. Denominado grupo cazador, las personas pertenecientes a él estarían correctamente adaptados a la ingesta de proteínas y grasas animales. Al contrario, los carbohidratos, con especial atención a los cereales, ocasionarían ganancia de peso, inflamación y reacciones autoinmunitarias. La dieta aconsejada en este caso se asemeja a la paleolítica.
- ¿Por qué comer según tu grupo sanguíneo?

Aunque hemos empezado viendo el cómo se debe comer según esta dieta, el primer paso para comprender los distintos patrones de alimentación será entender la base de la dieta.

Un punto importante de la dieta se centra en las lectinas. Como vimos al hablar de los distintos tipos de carbohidratos, las lectinas son un tipo de proteínas presentes en muchos alimentos y que pueden ligarse a distintas moléculas, actuando como antinutrientes, afectando a la absorción de micronutrientes o a la permeabilidad intestinal. En el caso concreto de la sangre, ciertos tipos de lectinas pueden provocar reacciones de aglutinación, es decir, unir entre sí varios hematíes formando conglomerados que precipitan, exactamente igual que ocurre al mezclar dos grupos ABO incompatibles o en el caso del proceso de determinación del grupo sanguíneo como vimos anteriormente. Según los defensores de la dieta de los grupos sanguíneos, un determinado tipo de lectina tendría este efecto sobre un tipo de hematíe concreto y no sobre los de los otros grupos, por lo que un individuo de un grupo debería evitar en su alimentación aquellos alimentos ricos en las lectinas específicas que van a reaccionar con sus glóbulos rojos.

Aunque las reacciones de aglutinación relacionadas con lectinas han sido estudiadas en varias ocasiones, no se ha podido demostrar la existencia de reacciones específicas, al contrario, parece claro que muchos tipos de lectinas pueden reaccionar con las células sanguíneas independientemente de los antígenos de superficie que éstas expresan. Las lectinas son especialmente ricas en los cereales y las legumbres; además, en el primer caso, son resistentes a la cocción. Sin embargo, los cereales constituyen un pilar base en la dieta del grupo A.

Los procesos de aglutinación son agudos, es decir, van a ocurrir en el momento en que una muestra (en este caso la sangre) se pone en contacto con la sustancia que actúa como aglutinina. Si las hipótesis de D'Adamo fueran ciertas, una persona que comiera alimentos que no corresponden a su grupo tendrían reacciones adversas frecuentes y de gravedad, no obstante ni él ni otros defensores de esta dieta han sido capaces de probar ningún tipo de lesión o patología directamente relacionada con la ingesta de alimentos "no tolerados" ni tan siquiera fijar umbrales de dosis o cantidades tolerables de las sustancias que se supone perjudiciales.

El potencial de las lectinas para ocasionar reacciones de hemaglutinación y otros efectos adversos debería ser tenido en cuenta para reducir o eliminar estos alimentos de la dieta, lo cual explica el éxito de algunas dietas como la paleolítica en un amplio abanico de problemas intestinales, pero las ventajas de una dieta libre o baja en lectinas no tiene nada que ver con el hecho de que un alimento sea o no tolerado en función del grupo sanguíneo de la persona en cuestión en tanto que no existen hemaglutininas específicas en los alimentos.

Evidencia actual y aplicaciones

- Evolución de los grupos sanguíneos

Uno de los principios de la dieta basada en el grupo sanguíneo es la lógica evolutiva. Los genes del grupo sanguíneo, como otros muchos, han sufrido variaciones a lo largo de su historia sobre el planeta, evolucionando junto a las especies que los poseen. Una mirada a la evolución de los homínidos permitiría determinar cómo han ido surgiendo los distintos grupos y si estos tienen alguna relación con la alimentación, el comportamiento, o el hábitat de nuestra especie.

Así, por ejemplo, los individuos del grupo A son los descendientes de los primeros humanos que basaron su alimentación en los productos de la agricultura, mientras que los del grupo B evolucionaron a partir de los humanos que empezaron a consumir lácteos. Esta idea implica que sólo los seres humanos, que inventaron la agricultura o aprendieron a extraer lácteos mediante el ordeño de otras especies, tendrían estos grupos sanguíneos, sin embargo, el sistema ABO está presente en muchos tipos de primates (gorilas, orangutanes, babuinos, etc) en los que parece claro que su grupo sanguíneo no puede tener ninguna relación con su forma de comer, pues los patrones alimentarios de estas especies se han mantenido estables durante millones de años. 

Sabemos que la agricultura y el pastoreo son relativamente modernos, apareciendo en el Neolítico (hace aproximadamente unos 10.000 años), sin embargo, los grupos sanguíneos tienen una historia mucho más larga. Saitou y Yamamoto analizaron el árbol filogenético del sistema ABO en primates, llegando a determinar que las primeras variantes podrían haber aparecido hace unos 400 o incluso 500 millones de años, lo que supone un desfase temporal importante y hace poco probable (por no decir imposible) que las variaciones en la alimentación humana tuvieran un peso significativo en la génesis de los grupos sanguíneos en homínidos.

No está claro si los grupos A y B son anteriores o no al grupo O, aunque varios investigadores han tomado en consideración que los individuos con grupo O poseen anticuerpos contra los hematíes de estos grupos, no pareciendo muy lógico que un organismo pueda desarrollar anticuerpos contra una sustancia que aún no existe. Dado que los mecanismos que influyen en la síntesis de anticuerpos no están claros, este razonamiento tendría un menor peso. No obstante sería de esperar que, puesto que el patrón dietético recomendado para el grupo O se asemeja al de los cazadores-recolectores, este grupo debería haber sido el primero en aparecer. Poblaciones que mantienen o han mantenido dietas altas en productos cárnicos, como los esquimales o los indios nativos americanos no muestran las frecuencias de grupo O que cabría esperar si prestamos atención a su dieta, existiendo en algunas series porcentajes del grupo A cercanos al 40%, aunque su dieta ha sido y continua siendo diametralmente opuesta a la "casi-vegetariana" propuesta para este grupo.

En cuanto al grupo B, parece más común en la población oriental, precisamente una población con altas tasas de intolerancia a la lactosa y en la que, históricamente, los productos precedentes del pastoreo y ordeño de animales no supusieron una parte importante de su alimentación.

Incluso si no consideramos que los grupos sanguíneos se desarrollaran a partir de un cierto patrón alimentario, y que éste tan solo tuvo un papel de selección, los hallazgos no concuerdan con las hipótesis defendidas por los autores de esta dieta. 

- Grupos sanguíneos y su relación con la patología humana

Los grupos sanguíneos parecen guardar interesantes correlaciones con distintas condiciones y enfermedades que vale la pena analizar. Sabemos que los individuos de distinto grupo sanguíneo pueden generar diferentes anticuerpos (al menos los anticuerpos implicados en las reacciones de hemaglutinación), por lo que el perfil de su sistema inmunitario podría ser diferente en otros aspectos. Mucho se ha especulado y estudiado acerca de la relación que existe entre el grupo sanguíneo y diferentes enfermedades, con una especial atención al cáncer.

Distintas series de pacientes a estudio han demostrado un ligero incremento de riesgo de cáncer gástrico en el grupo O en comparación al A. Desde el punto de vista de esta dieta, las personas con grupo O tendrían una mayor producción de ácidos gástricos, lo que lleva a la producción de úlceras; no obstante, no existe relación entre la producción de ácido y el cáncer. Son factores de riesgo para la producción de cáncer las gastritis (patologías inflamatorias del estómago), las dietas ricas en nitritos y nitratos, el tabaco, la metaplasia (transformación del epitelio normal del estómago en otros tipos), la hipoclorhidria (menor producción de ácido) y la infección por la bacteria Helicobacter pylori; curiosamente, H. pylori tiene también un importante papel en el desarrollo de úlceras. ¿Puede existir relación entre el H. pylori y el grupo sanguíneo? Efectivamente, pero la alimentación no tiene nada que ver aquí. Parece ser que ciertas estructuras proteicas de la pared de esta bacteria se asemejan al antígeno del grupo O, lo que impide que el sistema inmune actúe de forma eficaz para eliminar el microorganismo. Por el contrario, el sistema inmunitario de un individuo del grupo A sería más efectivo al reconocer la bacteria, lo que explica la menor incidencia de úlceras y cáncer.


Dicho esto, dado que el 100% de las personas del grupo O no padecen úlcera, y las úlceras se producen en personas de grupos distintos al O, el grupo sanguíneo sólo sería un factor más a tener en cuenta en el desarrollo de úlceras gástricas, sin que podamos siquiera determinar el peso relativo del mismo.

Otros tipos de cáncer también han mostrado cierta relación con los grupos sanguíneos. El cáncer de páncreas exocrino, por ejemplo, es algo más frecuente entre pacientes con grupos A o AB y menos frecuente en pacientes con grupo O. Los cánceres de ovario, útero y cérvix por su parte, son ligeramente más frecuentes en mujeres de grupo A; se ha especulado que las células de estos tumores expresarían proteínas con cierta similitud estructural con el antígeno A, escapando así de la vigilancia que el sistema inmunitario ejerce sobre las células tumorales.

En la inmensa mayoría de estudios disponibles, la población analizada se limita a los pacientes un solo hospital o en el mejor de los casos a una región o comunidad, lo que hace que los datos sean poco extrapolables a grandes grupos de población heterogénea y, aunque interesantes, no arrojan una evidencia lo suficientemente significativa como para jugar un papel en el diseño de una supuesta estrategia dietética de profilaxis.

Existen otras correlaciones interesantes entre los grupos sanguíneos y distintas patologías y condiciones. Las personas del grupo AB tendrían una mayor predisposición a padecer alteraciones cognitivas (memoria, lenguaje y atención), lo que podría estar en relación con los niveles de uno de los factores de la coagulación, el factor VIII, presente en mayor cantidad en individuos de este grupo, y que podría comprometer el flujo sanguíneo cerebral. También presentarían un riesgo ligeramente superior de enfermedad coronaria.

Los individuos con grupo A, por su parte, son más propensos al estrés por tener mayores niveles de cortisol basal, así como a producirlo en cantidades más altas ante situaciones estresantes.

Aunque prevenir el cáncer y otras enfermedades con la dieta resulta altamente atractivo, debemos ser realistas y entender que, ante patologías multifactoriales, cuya génesis ni siquiera se comprende del todo, reducir un tratamiento (o, en este caso, una prevención) a únicamente una dieta y que ésta a su vez solo tenga en cuenta una característica del paciente, está muy lejos de ser una estrategia ya no efectiva sino tan siquiera lógica.

- Usos y utilidades de las distintas dietas del grupo sanguíneo

Aunque se habla de la dieta del grupo sanguíneo, lo cierto es que sus autores están proponiendo un conjunto de cuatro dietas diferentes, cuyos efectos podrían ser muy diferentes en distintas personas. Cuando se han estudiado estas estrategias se han obtenido resultados interesantes y que merece la pena comentar.

En el caso de la dieta del grupo A, algunos de los estudios ha probado su efectividad a la hora de mejorar algunos marcadores analíticos. En el estudio más numeroso hecho hasta la fecha sobre esta dieta, con cerca de 1500 personas, los resultados obtenidos fueron positivos, no obstante, la dieta fue beneficiosa para toda la población a estudio y no únicamente con los individuos del grupo A.

De igual modo, la dieta paleolítica (similar a la del grupo O) está adquiriendo cada vez mayor evidencia de sus utilidades en el control la obesidad, la diabetes, la hipertensión. Esta dieta parte de la premisa de que los seres humanos están adaptados como especie a un estilo de vida y alimentación ancestral, y que retomar un patrón alimenticio basado en eliminar la comida procesada, los azúcares añadidos o los cereales, y priorizar los alimentos de origen natural ofrecería ventajas en la prevención y el control de enfermedades, sin que estas mejoras tengan nada que ver con el grupo sanguíneo de las personas que la adoptan.

Por todos estos motivos, bien podríamos decir que la dieta del grupo sanguíneo parte de una hipótesis interesante pero falla a la hora de diseñar un programa efectivo. Centrándose únicamente en un gen de los múltiples que componen el genoma de la raza humana, esta dieta apenas araña la superficie del complejo asunto de adaptar la dieta a las características específicas del individuo por lo que no puede dar respuesta a las necesidades de las personas que la siguen ni responder a la pregunta de si una dieta adaptada a las características genéticas de un individuo ofrece algún beneficio sobre su salud.

Posibilidades reales de una dieta adaptada a nuestros genes

"¿Qué pueden decir nuestros genes sobre la forma de alimentarnos?" bien podría ser una pregunta clave para la nutrición en un futuro cercano. El avance de las técnicas de secuenciación del ADN y el estudio cada vez más profundo de nuestro genoma y la base genética de muchas enfermedades es un terreno fundamental de cara a entender una parte importante de la patología humana. Hoy más que nunca empezamos a ser conscientes de que la alimentación tiene no solo un papel fundamental en la salud del ser humano sino que determinados alimentos pueden ser origen de patología para determinadas personas.


La nutrigenómica, ciencia que estudia la posible relación entre los genes humanos, la nutrición y la salud, es una disciplina en auge que intenta dar respuestas a las hipótesis que relacionarían ciertos genes con la posibilidad de tolerar unos u otros alimentos, de modo que podamos plantear una dieta personalizada teniendo en cuenta las características de cada individuo. En el momento actual carecemos de los conocimientos necesarios para determinar muchos mecanismos patogénicos en los que pudieran estar implicados distintos alimentos, por lo que no tenemos argumentos suficientes más allá de la propia experiencia como terapeutas a la hora de recomendar un enfoque nutricional en ciertas enfermedades. Solo algunos grandes síndromes, como la enfermedad celiaca, parecen suficientemente definidos como para aplicar una dieta ajustadas a las necesidades de estos pacientes; otras situaciones, que están en auge en nuestros días, como pueden ser la sensibilidad al gluten no celiaca o la intolerancia a los FODMAP, aún no se han estudiado con la profundidad necesaria y requieren un examen pormenorizado de cada caso.

La frontera se sitúa actualmente en la posibilidad de identificar mecanismos concretos que relacionen un alimento y las reacciones adversas que puede provocar en el paciente, caracterizando los genes implicados para poder estudiar su presencia en otros individuos y anticipar la aparición de dichas situaciones, planteándonos en ese caso la posibilidad de suprimir ciertos alimentos de forma precoz.




Bibliografía

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sábado, 27 de junio de 2015

La fruta del árbol prohibido. ¿Es la fructosa perjudicial para la salud?

"Cuando estés comiendo una fruta,
piensa en la persona que plantó el árbol"
Proverbio vietnamita

Miles de años de tradición judeocristiana cuentan que el pecado y el sufrimiento fueron instaurados en el mundo por causa de Eva quien, engañada por el Diablo en forma de serpiente, comió de la fruta del árbol "prohibido", contraviniendo los deseos de Dios, el cual, ante semejante acto de desobediencia, expulsa a Eva y Adán del Paraíso. Nadie dice en la Biblia si la fruta que Eva comió fue una manzana, un plátano o un higo, lo que sí deja muy claro es que se trata de una fruta, y no de un arbusto, un fruto seco o incluso la carne de un animal. La Biblia especifica claramente que se trataba de una fruta y aunque siempre se "culpó" a Eva del pecado original, desde hace algunos años la gente ha decidido girar sus ojos hacia el otro protagonista de dicho percance.... no, el Demonio no, la fruta.


Dentro de nuestra particular mirada hacia el mundo de los carbohidratos os traigo hoy una entrada en la que me he propuesto tratar un tema polémico, que hace saltar chispas en el mundo de la nutrición actual. ¿Existe un fundamento real en las recomendaciones oficiales sobre el consumo de fruta? ¿Hay un número mágico y obligado de piezas de fruta a consumir cada día? ¿Es factible limitar el consumo de fruta en estrategias para la pérdida de peso? ¿Posee la fructosa efectos perjudiciales para la salud del ser humano? Y otras preguntas a las que intentaré dar respuesta en estos párrafos.

Conceptos generales

- Propiedades bioquímicas y fuentes naturales de fructosa

La fructosa es un monosacárido de 6 átomos de carbono que en la naturaleza adopta una forma cíclica tipo furano [pentagonal (a diferencia de otros, como la glucosa, que adopta una forma pirano o hexagonal)]. En su estado puro es un sólido blanco y cristalino, soluble en agua. Es el más dulce de los carbohidratos, con un dulzor que se calcula entre 1,2 y 1,5 veces el del azúcar de mesa (sacarosa).

- Molécula de fructosa, por That Kiwi Guy -

Las principales fuentes de fructosa en la naturaleza son las frutas y algunos vegetales, así como la miel, y algunos siropes preparados a partir de salvia y otros fluidos de distintas plantas (aunque actualmente se suelen comercializar derivados procesados de estos y no el producto en su forma natural).

La fructosa puede presentarse aislada o unida a otros monosacáridos, destacando la sacarosa (fructosa más glucosa), pero siempre va a estar acompañada de glucosa y sacarosa en los distintos alimentos, es decir, ningún producto presente en la naturaleza contiene fructosa como único glúcido.

- Digestión, absorción y metabolismo de la fructosa, y diferencias con la glucosa

La fructosa es uno de los únicos tres monosacáridos que pueden absorberse en el tracto digestivo humano, a través del transportador GLUT5 exclusivo para ella o compitiendo con la glucosa y la galactosa por el transportador GLUT2 en el borde de los enterocitos, y pasa a sangre para llegar posteriormente hasta el hígado donde la captación de fructosa no está regulada por insulina.


Mientras que la glucosa puede continuar su trayecto hacia otros órganos y tejidos, donde es captada por el transportador GLUT4 (dependiente de insulina), el grueso del metabolismo de la fructosa va a tener lugar en el hígado, donde el transportador GLUT5 es el encargado de permitir su entrada, no necesitando insulina para controlar este proceso. Otros tejidos expresan GLUT5 y pueden captar fructosa en pequeñas cantidades; ocurre así con el músculo (principalmente en fibras blancas), el riñón, el testículo, el cerebro o el tejido adiposo.

La enzima fructoquinasa fosforila la fructosa a fructosa-1-fosfato; la expresión de esta enzima se incrementa rápidamente tras la ingesta de fructosa. Tras esta reacción, la aldolasa B cataliza la ruptura de la fructosa-1-fosfato en dihidroxiacetona fosfato y gliceraldehído, que pueden pasar posteriormente a gliceraldehído-3-fosfato, intermediario de la glucolisis y seguir las distintas vías anabólicas y catabólicas comunes a todos los carbohidratos.

- Límite máximo de glucógeno hepático y síntesis de ácidos grasos

A diferencia de la glucosa, que puede ser empleada por la totalidad de las células del organismo, el hecho de que sea un solo órgano (el hígado) el responsable del metabolismo de la mayoría de la fructosa, parece establecer ciertos límites en cuanto a que su capacidad para sintetizar y almacenar glucógeno queda limitada a apenas 15 gramos por kilo de peso. Estas limitaciones en la capacidad para procesar la fructosa son aún mayores si tenemos en cuenta que la galactosa así como pequeñas cantidades de glucosa también van a ser empleadas en la glucogenogénesis hepática.

El cuerpo humano puede almacenar cerca de 500 gramos de glucógeno total, siendo los principales lugares de estos almacenes el tejido muscular y el hígado. Algunos estudios han situado el límite máximo de glucógeno corporal total en torno a los 700 gramos, capacidad que se alcanza cuando la dieta es elevada en carbohidratos durante varios días. De hecho, la concentración de glucógeno hepático es muy variable y depende de la dieta, el momento del día en que se realizan las mediciones y el estado de ayuno o alimentación del sujeto analizado.

Dado que la fructosa es el único monosacárido sustrato de la enzima fructoquinasa, prácticamente toda la fructosa que alcanza el hígado es fosforilada por ella y accede a la glucolisis (y otras vías) saltándose la acción de la hexoquinasa, enzima regulada por la disponibilidad de glucosa y glucógeno, y que dirige el destino de los glúcidos hacia glucolisis o glucogenogénesis. Además, la fructosa-1-fosfato puede inducir la actividad de la hexoquinasa, con lo que la adición de fructosa a una cantidad determinada de glucosa incrementa la disponibilidad de glucógeno hepático en mayor medida que si dicha cantidad de glucosa se hubiera ingerido sola.

En términos globales, un 50% de la ingesta de fructosa acaba convertida en glucosa, 25% en lactato y algo más del 15% en glucógeno, quedando en torno a un 3% para su conversión de novo a ácidos grasos (en inglés, de novo lipogenesis o DNL). A dosis fisiológicas no se han visto incrementos significativos en los niveles de ácidos grasos libres, aunque sí se ha descrito un descenso en la producción de los mismos a nivel del tejido adiposo, lo que indica que la fructosa puede actuar inhibiendo la lipolisis. Si esto acaba favoreciendo o no la lipogénesis dependerá de la ingesta calórica total.

Cuando se supera la capacidad corporal total para almacenar los carbohidratos de la dieta en forma de glucógeno comienza el proceso de síntesis de ácidos grasos en el cual la fructosa tiene una mayor tendencia a participar por lo que acabamos de comentar. La fructosa tendría además una influencia directa en ciertas vías metabólicas activando enzimas cruciales en la síntesis de ácidos grasos.

Fuentes naturales de fructosa

- Azúcar de la fruta frente a azúcar añadido

Popularmente se escuchan expresiones como "el azúcar de la fruta" o "cantidad de azúcar presente en las frutas" y la gente empieza a pensar en algo como esto:


Una idea que me he propuesto desarrollar a lo largo de estas líneas es que:


Las frutas no son únicamente "paquetitos" de azúcar de distintos colores, sabores y formas; en ellas, una cantidad limitada de glucosa, fructosa y sacarosa aparece junto a una proporción variable de fibra, vitaminas y minerales constituyendo un alimento completo, de baja densidad energética y alta densidad de micronutrientes. Parece claro que existen diferencias significativas entre los efectos de los azúcares naturalmente presentes en los alimentos, y los edulcorantes y azúcares añadidos artificialmente a los alimentos; sin embargo, en los últimos años parece surgir una moda creciente en contra del consumo de frutas, que muchos argumentan deben ser limitadas o incluso eliminadas de la dieta por su contenido el azúcar, considerada por algunos sectores poco menos que veneno. La realidad es que, mientras el consumo de frutas (y en general, de vegetales) tiende a reducirse, se incrementa de forma preocupante la ingesta de endulzantes y azúcares añadidos en la dieta occidental, lo que con toda seguridad está jugando un importante papel en la alta incidencia de numerosas patologías con el síndrome metabólico a la cabeza.

Desde el punto de vista bioquímico, una molécula de fructosa obtenida de una cucharada de azúcar de mesa tiene el mismo efecto que una molécula de fructosa obtenida de una manzana. Desde el punto de vista de la fisiología, la digestión y absorción rápidas del azúcar de mesa provocan la aparición brusca en nuestro torrente sanguíneo de una elevada concentración de glucosa y fructosa, que nada tiene que ver con lo que ha sido la digestión de una manzana, con elevada cantidad de fibra y agua, y un proceso de absorción y disponibilidad más lento.

Sin embargo, parece existir otro detalle de mayor importancia que, a pesar de ser lógico, no se suele comentar: se trata de la densidad calórica. La densidad calórica hace referencia a la cantidad de calorías totales presentes en un alimento por unidad de volumen; cuando la densidad calórica de un alimento es elevada, pequeños incrementos en su consumo ocasionan grandes incrementos en nuestra ingesta calórica diaria. Esto tiene importancia porque cuando una persona incluye bebidas azucaradas y otros productos endulzantes en su dieta no siempre es consciente de la gran cantidad de carbohidratos que consume. Dado que la alta densidad calórica suele ir de la mano con una baja densidad nutricional, nos encontramos ante un alimento hiperpalatable, que no induce un estímulo claro de saciedad y, por tanto, no nos indica que debemos dejar de consumirlo. Frente a este tipo de alimentos, las frutas reúnen las características diametralmente opuestas, al ser ricas en micronutrientes esenciales y fibra (que contribuirán a generar un estímulo que refuerce la saciedad) y pobres en energía (por lo que, a igualdad de volumen consumido, la ingesta de carbohidratos será mucho menor que si tomáramos un refresco). Incluso la miel, de mayor densidad calórica que la fruta, ha demostrado inducir menores ganancias de peso que el azúcar de mesa tanto en ratones como en humanos. Lo que nos enseñan gran parte de los estudios es que es más difícil llegar a compensar las calorías ingeridas a partir de bebidas y productos endulzados, por lo que la persona que basa su dieta en estos alimentos está ingiriendo grandes cantidades de fructosa sin llegar a ser consciente de ello.

Dicho de forma sencilla, la fructosa no engorda o tiene efectos tóxicos salvo que sea consumida en exceso. Y, dado que la fruta contiene fibra y otros nutrientes, es difícil comer una gran cantidad de fruta sin que se reduzca de forma concomitante nuestro apetito. 

- Aplicaciones de la fructosa en la nutrición humana

El consumo de fructosa, tal y cómo ha sido dispuesta por la naturaleza, no se entiende sin la glucosa. A la hora de estudiar las propiedades de la fructosa y sus efectos en el organismo deben tenerse en cuenta dos factores, el papel sinérgico que pudieran tener otras sustancias y la dosis de fructosa ingerida (considerada de forma relativa las necesidades del individuo).

Hemos comentado previamente que sólo tres monosacáridos constituyen la inmensa mayoría de carbohidratos absorbidos en el tracto digestivo. La glucosa suele ser el monosacárido predominante, sobre todo si se combinan frutas y verduras con otros alimentos que contengan almidón. La glucosa puede potenciar la absorción de fructosa y ésta, a su vez, parece facilitar el metabolismo de la glucosa en el hígado e inducir una mayor síntesis de glucógeno no solo a nivel hepático sino también muscular; esto, junto a un posible efecto facilitador de la secreción de GLP-1 (que estimula la secreción de insulina) contribuiría a reducir las glucemias posprandiales. Estos efectos no se ven cuando la fructosa se ingiere aislada.

También se ha relacionado la fructosa con un aumento en la tolerancia oral a la glucosa en individuos con intolerancia o resistencia a la insulina. No obstante, la administración de fructosa debe realizarse con precaución, pues dosis excesivas han mostrado el efecto contrario. Por tanto, no existe una evidencia fuerte en la que basar las recomendaciones de fructosa como edulcorante en diabéticos, que deberían recuperar su tolerancia a hidratos de carbono por medio de otras estrategias.

En el caso de deportistas, la práctica de ejercicio físico fomenta la expresión de transportadores de ésta (GLUT4 y otros), mientras que reduce los transportadores de fructosa (GLUT5), por lo que la fructosa tendría un papel secundario, y se deben priorizar como fuentes de carbohidratos aquellos alimentos con mayor concentración de glucosa aunque en combinación con pequeñas proporciones de fructosa. Existe discusión sobre cuál es el mejor momento en que recurrir a la combinación de glucosa y fructosa. Algunos argumentan que el preentrenamiento sería un momento más adecuado por el efecto sinérgico de ambos monosacáridos, al fomentar la fructosa una mayor oxidación de hidratos de carbono; otros sugieren que los beneficios serían mayores en el posentrenamiento, para propiciar una mayor síntesis de glucógeno. En general, el estado de los depósitos de glucógeno es el principal factor que debe guiar la administración de carbohidratos en relación con el entrenamiento. Así, atletas que sigan una dieta alta en hidratos de carbono no necesitarán recurrir a carbohidratos preentrenamiento por disponer de suficiente cantidad de glucógeno y podrían por el contrario beneficiarse más de la replección de depósitos en el posentrenamiento; para aquellos que siguen dietas bajas en hidratos de carbono el preentreno parece un momento más propicio, pudiendo obtarse bien por glucosa sola bien por glucosa con una pequeña cantidad de fructosa.


En el caso concreto de las estrategias de recarga de carbohidratos, parece claro que la glucosa es el carbohidrato protagonista, pues una alta ingesta de carbohidratos destinada a replecionar los depósitos de glucógeno deja un lugar reducido a la capacidad del hígado para metabolizar la fructosa. Se debe huir del concepto de "comida trampa", siendo un error las estrategias de recarga basadas en alimentos ricos en endulzantes añadidos, que no solo contienen un 50% o más de fructosa, sino que añaden altas cantidades de grasas de mala calidad y muy baja cantidad de vitaminas y minerales. Aunque establecer cantidades límite debe regirse por las características personales de cada atleta, algunos como Lyle Macdonald recomiendan pequeñas cantidades de fructosa (unos 50 gr en un periodo de 24 horas) o sacarosa (100 gr en un periodo de 24 horas), que aportaría mayores beneficios que si solo se recargara usando glucosa y almidones.

- Consumo de fruta y recomendaciones de organismos oficiales

De todos es sabido que las organizaciones promotoras de salud recomiendan un consumo diario de cinco piezas de fruta al día como parte de una alimentación saludable al desarrollo de unos hábitos de vida saludable y la prevención de enfermedades.

Los últimos informes de la Organización Mundial de la Salud (WHO) y la FAO recomiendan un consumo mínimo de 400 gramos diarios de frutas y verduras, y concluyen que un consumo suficiente podría salvar la vida de 1,7 millones de personas al año; y que el consumo insuficiente de frutas y verduras constituye un factor de riesgo de mortalidad mundial, actuando como causa contribuyente del 19% de los cánceres gastrointestinales, el 31% de las cardiopatías isquémicas y el 11% de los accidentes vasculares cerebrales.

La realidad del consumo de frutas y verduras, sin embargo, se aleja bastante de estas recomendaciones, tanto a nivel poblacional como entre personas, existiendo un consumo altamente variable pero en general deficiente, que alcanza cifras preocupantemente bajas en los países del Tercer Mundo.

Aunque la mayoría de estudios que sustentan estas afirmaciones suelen establecer relaciones de correlación (y no causalidad), sabemos que el consumo de una mayor cantidad de fruta va de la mano con el desarrollo de hábitos de vida más saludables y la inclusión de otros alimentos que aportan macro- y micronutrientes esenciales (aceite de oliva, pescado azul, carnes de calidad, verduras); por el contrario, aquellas dietas con baja proporción de fruta son también pobres en alimentos saludables, y se correlacionan con el sedentarismo y la ingesta de productos de baja calidad nutricional (procesados, endulzantes, aditivos químicos) por lo que en general se trata de dietas deficitarias y que fomentan factores de riesgo de enfermedad.

Teniendo esto en cuenta, la clave no reside en fomentar únicamente el consumo de frutas sino que éstas, junto con las verduras, la carne, el pescado, los huevos, el aceite de oliva y grasas saludables (entre otros), deben constituir la base de nuestra alimentación, dejando de lado los alimentos de menor valor nutricional. Mientras las recomendaciones oficiales sigan basándose en la pirámide nutricional, con un alto consumo de cereales y una cantidad generalista de hidratos de carbono no seremos capaces de ofrecer una estrategia adecuada para garantizar la salud de la población.

- Fruta y estrategias de pérdida de peso

No existe un consumo mínimo de frutas y posiblemente tampoco un máximo absoluto, quizás sí uno relativo a la persona. La fruta ha formado parte de la dieta humana por tanto tiempo, que es incluso anterior a la propia especie. Parece que estamos bien adaptados a comerla y somos capaces de procesar la fructosa y el resto de compuestos presentes en ella salvo en el caso de individuos intolerantes, cuya situación, en todo caso, excede los contenidos de esta entrada.

El consumo de frutas debe ajustarse según la ingesta diaria total de hidratos de carbono, la cual viene fijada por los objetivos de la dieta y las características de la persona. No existen unos valores absolutos de carbohidratos o de fructosa diarios recomendados y creo necesario recordar que, cuando la dieta se basa en frutas y verduras, con un consumo eventual de tubérculos y otras fuentes naturales de carbohidratos, resulta difícil alcanzar un consumo excesivo, al menos de forma mantenida. Evidentemente el límite máximo de hidratos de carbono será mucho más bajo en un paciente sedentario con sobrepeso que en un deportista con bajo porcentaje de grasa corporal y altos niveles de actividad.


La recomendación de eliminar la fruta de la dieta, que tan de moda parece estar actualmente, cuando es dada de forma generalista, es no solo altamente antinatural, sino carente de todo fundamento científico. La reducción o incluso eliminación de la fruta será de utilidad en aquellos pacientes que precisen dietas bajas o muy bajas en hidratos de carbono aunque será el último elemento hidrocarbonado del que prescindiremos (pues nunca eliminaremos las verduras). En estos casos, se debe priorizar aquellas frutas con niveles más bajos de carbohidratos (como los frutos rojos, la pera o la manzana), reduciendo otras con niveles más altos (piña, mango, plátano) y eliminando por completo las frutas desecadas.

Fuentes de fructosa artificialmente añadida

- Situación actual del consumo de fructosa y azúcares añadidos

Los azúcares simples han constituido un nutriente escaso durante la gran parte de nuestra evolución como especie. Su presencia en la dieta de los homínidos se reduce a las escasas cantidades de frutas, bayas y miel que pudieran existir durante el periodo estival. Esta escasez fue la tónica dominante hasta muchos miles de años después, pues incluso durante la Edad Media la miel, principal endulzante de la época, era un lujo al alcance de muy pocos.


Con el paso de los años surgen métodos más eficientes para obtener azúcar de caña y posteriormente de la remolacha, con lo que el azúcar de mesa se convierte en un producto disponible para toda la población. En un lapso de tiempo inferior a 100 años, desde el siglo 18 al 19, el consumo de azúcar en algunos países de Europa como Inglaterra se incrementa en torno al 1500% (según el International Sugar Economic Yearbook and Directory). 

El azúcar continúa siendo el endulzante dominante en la dieta hasta que en la década de 1960 se descubre la tecnología para convertir glucosa en fructosa a partir de la isomerización enzimática. Este proceso dio lugar, entre otros, al conocido como jarabe de maíz alto en fructosa (en inglés high fructose corn syrup o HFCS) que ha pasado a formar parte de muchos alimentos, no solo por su sabor y otras propiedades organolépticas, sino también por su capacidad de actuar como conservante. 

Al aumento desproporcionado de cereales y otros productos altos en carbohidratos durante la segunda mitad del pasado siglo se sumaban así la bollería y repostería industrial, que incorporan altas cantidades de este HFCS. Posteriormente llegarían los refrescos y a principios del siglo XXI el número de productos procesados, de diversa procedencia y naturaleza que incorporan endulzantes refinados es prácticamente incontable y, lo que es peor, pasa fácilmente desapercibido (seguro que ninguno de los lectores ha notado sabor dulce en su bacon a pesar de que 100 gramos de producto incorporan entre 1 y 4 gramos de azúcar según qué fabricante).

Aunque es difícil establecer unos valores de consumo de fructosa en la población actual, según los estudios del Dr. Richard Johnson, profesor de medicina de la Universidad de Colorado y reconocido investigador sobre los efectos de la fructosa, un ciudadano americano promedio consume en torno a 134 gramos diarios de fructosa; si a esto se suman los otros azúcares simples obtenemos un consumo superior a 200 gramos diarios. Otros análisis, menos alarmistas, parecen fijar límites en países del primer mundo diferentes de EEUU en torno a 50-60 gramos por persona y día.


Ante el preocupante incremento de la obesidad, la hipertensión o la diabetes entre otras muchas patologías bien cabría preguntarse qué papel juega el aumento de consumo de fructosa en esta situación.



- La realidad de los estudios sobre la fructosa

Antes de hablar de la investigación científica en relación a la fructosa sería apropiado guardar un minuto de silencio por estos amigos:


Aunque el uso de animales en investigación jamás ha sonado extraño para nadie y es un paso necesario (al menos hasta cierto punto) para el progreso de la investigación científica es importante recordar que no toda la evidencia obtenida de los estudios con roedores y otras especies puede extrapolarse, al menos completamente, a humanos.

El caso de la fructosa es particularmente interesante ya que los ratones parecen poseer un metabolismo especialmente proclive a acumular excesos relativamente pequeños de azúcares como grasa, esto es, en ratones con una dieta alta en hidratos de carbono, se han visto aumentos de hasta el 50% en la lipogénesis de novo, pues el exceso de carbohidratos parece inducir las enzimas necesarias para convertirlos en grasa con mucha mayor facilidad que ocurre en humanos. En el caso de las dietas altas en fructosa (pero no en glucosa) estos efectos pueden verse incluso si el balance energético global no es hipercalórico,

No quiere esto decir que todos los estudios sobre la fructosa hechos en animales carezcan de utilidad, al contrario, han sido muy útiles a la hora de plantearnos múltiples hipótesis sobre los posibles efectos de la fructosa en el organismo, pero estos deben ser posteriormente demostradas en humanos.

- El exceso de fructosa como agente de enfermedad

Existe abundante evidencia de que una dieta alta en fructosa conlleva el desarrollo de obesidad, diabetes y dislipemias en roedores. Los estudios en humanos son algo más reducidos, pero cuando la fructosa se consume crónicamente y de forma desproporcionada en el contexto de una dieta hipercalórica ocasiona resistencia a la insulina e incremento del peso y la masa grasa, lo que puede propiciar la aparición de síndrome metabólico. En una sociedad donde el consumo excesivo de productos endulzados es la tónica dominante, se hace necesario discriminar los efectos del azúcar y de la fructosa si es que existen diferencias entre ambas.

La fructosa es un precursor de grandes cantidades de triosas fosfato, que pueden actuar como precursores de la síntesis de ácidos grasos, a lo que hay que sumar su efecto inhibidor de la oxidación de los ácidos grasos y su esterificación así como la inducción de una mayor síntesis hepática de VLDL. Además, la fructosa tendría cierta capacidad facilitadora de la expresión de ciertos genes relacionados con la lipogénesis hepática, como el factor de transcripción SREBP-1c; esto explica el incremento en las concentraciones de triglicéridos y VLDL en plasma observado en las dietas altas en fructosa. Las partículas LDL de las personas que consumen altas cantidades de fructosa son más pequeñas y densas, con mayor potencial aterogénico, lo que supone un factor de riesgo cardiovascular añadido.

Las mujeres en edad reproductiva parecen tener cierta protección sobre la lipogénesis, efecto que podría conseguirse también mediante la suplementación con aceite de pescado. Por el contrario, aquellas personas con resistencia a la insulina son más proclives a acumular depósitos grasos tanto en hígado como en tejidos periféricos. Por tanto, el ambiente hormonal juega un papel importante que puede modificar los efectos de la fructosa en el organismo.

Dado que la fructosa no produce una respuesta significativa de insulina, se han realizado estudios de su uso en diabéticos, obteniéndose resultados contradictorios, en parte por las diferentes condiciones de los mismos, por lo que no tenemos argumentos de peso para afirmar o negar la conveniencia de su uso como edulcorante en diabéticos. Mientras algunos estudios observan disminuciones en las cifras de glucemia, otros afirman que la fructosa podría contribuir al aumento de glucemias posprandiales por su eficiencia como sustrato de la gluconeogénesis. Lo que sí parece claro es que el consumo excesivo y de forma prolongada de altas cantidades de fructosa y sacarosa lleva consigo el desarrollo de intolerancia a la glucosa y resistencia a la insulina, con una menor capacidad por parte del hígado para llevar a cabo glucogenogénesis a partir de glucosa.

Dado que la fructosa se fosforila rápidamente en el hígado por acción de la fructoquinasa, grandes cantidades de ATP (tri-fosfato de adenosina) se hidrolizan a AMP (mono-fosfato de adenosina), lo que produce un incremento en la síntesis de ácido úrico. Es por esto que las dietas altas en fructosa se han correlacionado con la gota o la litiasis renal. Aunque la hiperuricemia es un componente menor del síndrome metabólico, parece actuar como factor de riesgo para el desarrollo de resistencia a la insulina.

Existe cierta relación entre el consumo de fructosa y la elevación de la presión sanguínea en roedores, sin embargo la fructosa no parece causar hipertensión en humanos de forma directa. Dado que las dietas altas en fructosa se asocian a una elevada ingesta calórica y ganancia de peso, si tenemos en cuenta la relación con alteraciones metabólicas con la resistencia a la insulina a la cabeza, el consumo excesivo de fructosa sería un cofactor más asociado al desarrollo de hipertensión.

A la hora de actuar sobre los ritmos de hambre y saciedad, la fructosa es el monosacárido que menor efecto saciante genera. Junto a esto encontramos que los alimentos más ricos en fructosa son a su vez los menos nutritivos, pues hay pocos macro y micronutrientes esenciales en la comida procesada, los refrescos endulzados y la bollería industrial. Por tanto, una dieta en la que abunden estos productos facilita que se eleve la ingesta calórica global, lo que ocasiona aumento de peso.

Conclusiones

La fructosa es una molécula tan antigua como la propia especie humana. Sus fuentes naturales, las frutas, aportan una pequeña cantidad de azúcares a nuestra alimentación, los cuales son perfectamente asimilables y no suponen un riesgo para nuestra salud.

En la actualidad, los refrescos y productos con azúcares añadidos se han convertido en un elemento habitual la dieta de miles de personas, que pueden sufrir alteraciones metabólicas cuando estos aparecen en exceso. La fructosa que se presenta como endulzante añadido [generalmente en forma de jarabe de maíz alto en fructosa (HFCS)] cuando se consume en exceso representa un riesgo a largo plazo para la salud.

Durante muchos años hemos basado nuestros conocimientos sobre el metabolismo de la fructosa en estudios en ratones, que parecen tener mayor facilidad que los humanos para convertir carbohidratos en grasa. Además, en gran parte de estos estudios las dosis de fructosa administradas superan con creces lo que podría considerar "normal", incluso para una persona que acostumbra a incluir en su alimentación diaria algún producto con azúcar añadida.

Se debe huir de los mensajes alarmistas que promueven la restricción de consumo de frutas, pues no tienen un auténtico fundamento científico. Cuando se consumen productos naturales, para los que el organismo está perfectamente adaptado, no existe riesgo para nuestra salud.

 - ¿Y la sacarosa?

Creo que no sonará extraño a ninguno de los lectores de este blog que diga que la sacarosa o azúcar de mesa es uno de los agentes etiopatogénicos más destacados de los últimos 100 años, y que su consumo está directamente relacionado con el incremento alarmante y fatal en la prevalencia e incidencia del síndrome metabólico y patologías relacionas, y que incluso podría jugar un papel importante en la génesis de determinados tipos de tumores. 

Espera... ¿no se supone que la sacarosa también está presente en las frutas? Efectivamente, la sacarosa es uno de los tres glúcidos principales que contienen las frutas, y varios de los conceptos que hemos comentado acerca de la fructosa son aplicables también a la sacarosa: la problemática de su consumo excesivo, el uso del producto refinado como endulzante añadido, etc; otros mecanismos, en cambio, son particulares. Mucho se ha escrito y se escribirá durante los próximos años sobre el azúcar pero, por ser un tema tan extenso y complejo no he incluido ninguna referencia en este artículo, pues intentaré tratar sobre él próximamente.




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lunes, 15 de junio de 2015

Desentrenamiento: ¿Qué pasa cuando no estoy entrenando?

"No pierdes fuerza durante una descarga,
revelas la fuerza que has ganado".
Christian Thibaudeau

La temporada ideal de muchos deportistas bien podría ser aquella en la que semana tras semana todas las sesiones de entrenamiento se ajustan de forma casi perfecta a la planificación que nos hemos fijado. Acabamos de comentar en una entrada anterior la importancia de planificar a largo plazo durante meses o incluso años los ciclos de entrenamiento para poder conseguir nuestros objetivos y continuar progresando, pero existe otro protagonista sobre el que aún no hemos comentado, y del que vamos a hablar en esta entrada, me refiero al "desentrenamiento", qué pasa cuando no entramos, lo que podemos hacer ante un periodo de inactividad y si planificar periodos de descanso puede ayudarnos en nuestra práctica deportiva.

Principio de supercompensación y progreso en el entrenamiento

Con el objetivo de progresar, la carga de trabajo debe incrementarse a lo largo del tiempo. Cuando aplicamos un determinado estímulo, la intensidad del mismo (entendida de forma relativa a nuestras capacidades) puede generar distintas respuestas en el organismo. El cuerpo humano posee una serie de umbrales, niveles que marcan qué intensidades puede soportar y qué procesos se generarán como resultado de aplicar distintas intensidades. Aunque esto podría aplicarse a prácticamente todos los tipos celulares y procesos orgánicos, vamos a centrarnos en el caso concreto del sistema neuromuscular:
  • Estímulo insuficiente. Es aquel cuya intensidad está por debajo del umbral de mantenimiento. Las intensidades que no alcanzan dicho umbral no van a generar adaptaciones ni mejoras. Un trabajo basado en estas intensidades, cuando se prolonga en el tiempo, da lugar a una regresión o pérdida de capacidad (fuerza y volumen), pues no es necesario mantener la masa muscular ni las estructuras de transmisión del impulso nervioso si éstas no cumplen ninguna función.
  • Estímulo de mantenimiento. Las intensidades que alcanzan el umbral de mantenimiento sin sobrepasarlo no van a generar adaptaciones ni mejoras. Dado que requieren, para llevarse a cabo, de la plena funcionalidad de las estructuras musculares y nerviosas ya presentes, permiten su mantenimiento. Un trabajo basado en estas intensidades, cuando se prolonga en el tiempo, podría dar lugar a una regresión o pérdida de capacidad por regulación a la baja (se necesitan menos fibras musculares y menor cantidad de impulsos nerviosos para generar una fuerza determinada).
  • Estímulo "óptimo". Las intensidades que sobrepasan el umbral de mantenimiento fuerzan al sistema neuromuscular a progresar (en distintos parámetros según el tipo de entrenamiento) para sobreponerse a la nueva intensidad y ser capaz de sobrellevarla. Los estímulos que se mueven en este rango se denominan teóricamente óptimos.
  • Estímulo excesivo. Las intensidades que sobrepasan el umbral de tolerancia suponen una fatiga excesiva para el sistema neuromuscular, que no puede recuperarse debidamente, con lo que sufrirá una regresión o pérdida como consecuencia del daño irreparable.
Suponiendo que aplicamos de forma correcta un estímulo óptimo durante el entrenamiento, el progreso que tendrá lugar obedece a la secuencia del denominado síndrome general de adaptación y supercompensación, tal y como aparece representado en la siguiente gráfica:

Los puntos señalados hacen referencia a los procesos que van a tener lugar:
  1. Estado inicial. Es el momento en el que se entrena, aplicando una determinada carga de trabajo.
  2. Descenso de rendimiento posentrenamiento. Como consecuencia del desgaste producido tras el entrenamiento (depleción de reservas energéticas, rotura de fibras musculares, acidificación del medio) tiene lugar una disminución de las capacidades físicas.
  3. Recuperación. Pasado un tiempo comienzan los procesos de recuperación, con la reparación del tejido y la repleción de reservas energéticas, para sobreponerse al estímulo recibido.
  4. Compensación hasta el estado inicial. En este punto el rendimiento sería el mismo que en el estado inicial si se repitiera el estímulo.
  5. Supercompensación. En virtud a los procesos de recuperación, las capacidades del tejido muscular se han incrementado, con lo que en este punto se podría hacer frente a un estímulo mayor que el inicial.
  6. Vuelta al estado inicial. Si pasa mucho tiempo desde la aplicación de un estímulo hasta la aplicación del siguiente se produce una involución y pérdida de las capacidades ganadas fruto de la supercompensación, con lo que el rendimiento vuelve a ser el mismo que en el punto de partida.
Si este ciclo se repite a lo largo del tiempo, y en función de la intensidad de los estímulos aplicados y el tiempo de recuperación entre sesiones, puede tener lugar uno de los siguientes tres patrones:


  • Incremento del rendimiento. Cuando el nuevo estímulo se aplica en torno al periodo de supercompensación somos capaces de sobrellevar una intensidad de entrenamiento mayor. Cuando el ciclo se repita podremos ser capaces de enfrentarnos a un nuevo estímulo de intensidad creciente. 
  • Descenso del rendimiento. Cuando el nuevo estímulo es excesivo o se aplica antes de que tenga lugar el periodo de compensación, la fatiga y el daño acumulados impiden la correcta recuperación del tejido muscular, resultando en una pérdida de capacidades. Este proceso también podría tener lugar cuando se aplican de forma prolongadas estímulos insuficientes, por debajo del umbral necesario para provocar adaptaciones. 
  • Mantenimiento del rendimiento. Cuando el nuevo estímulo tiene una intensidad similar al inicial o se aplica en un punto en el que todavía no se han producido complemente la recuperación el resultado neto puede ser un mantenimiento del rendimiento. Dado que no todos los parámetros que actúan en el entrenamiento permanecen constantes a lo largo del tiempo resulta casi imposible fijar un estímulo puro "de mantenimiento", por lo que antes o después va a aparecer una disminución del rendimiento.

Desentranamiento estratégico y descargas

- Entrenar 365 días al año: ¿realidad o ficción?

Nadie puede entrenar 365 días al año. Ningún plan de entrenamiento, por duro que sea, va a planificar un calendario que requiera emplear todos los días del año para entrenar. Podríamos elaborar una lista de motivos técnicos por los cuales resulta no solo poco recomendable sino incluso contraproducente entrenar con tanta frecuencia, pero dado que ya he dicho muchas veces que considero el entrenamiento físico (en cualquiera de las modalidades que sean de vuestra preferencia personal) como una parte más de nuestro día a día, voy a explicar el motivo más sencillo: hay una vida más allá del gimnasio.

Todos sabéis de lo que estoy hablando, ya que una gran mayoría de lectores de este blog tiene un trabajo independiente de su práctica deportiva, por lo que al igual que yo se ven en la necesidad de compaginar su entrenamiento con su actividad laboral/académica, su vida familiar y sus relaciones sociales; y es que el simple hecho de necesitar estudiar para un examen o tener que echar unas horas extra en la oficina puede quitarnos horas o incluso varios días, lo que nos va a impedir acudir a entrenar cuando lo teníamos planificado. Saber ajustarnos a los imprevistos y adaptar nuestras rutinas a la influencia de factores externos forma parte del "arte" de planificar el entrenamiento, que se adquiere más por experiencia que por lo que puedan decir los libros.


- Semana de descarga

Todo entrenamiento, cuando se alcanzan determinadas intensidades, va a generar un cierto grado de fatiga. La fatiga es una respuesta normal al esfuerzo mantenido con el entrenamiento y forma parte del ciclo natural de progreso del atleta ya que, cuando se introducen progresiones, llega un momento en que se supera la capacidad del músculo y el sistema nervioso para recuperarse de un estímulo. La fatiga refleja una situación de estrés y, como todo estrés, cuando se presenta en exceso y se desbordan los mecanismos de control de daños, puede causar alteraciones que impidan el correcto funcionamiento del organismo o incluso, a la larga, provocar enfermedad. 

En atletas entrenados, la fatiga se presenta en un primer momento como estancamiento o incluso un descenso de rendimiento. Es de vital importancia aprender a reconocer estos signos precoces como fruto de la fatiga y no sentirse tentado a incrementar las cargas o el volumen de los entrenamientos porque somos incapaces de progresar. Al contrario, es necesario llevar a cabo lo antes posible estrategias de control y recuperación adecuadas, y es aquí cuando entra en juego la descarga o desentreno estratégico.

Un plan de desentreno estratégico consiste en una serie de modificaciones en la rutina de entrenamiento encaminadas a fomentar la recuperación de la fatiga acumulada con los entrenamientos previos, mientras se mantiene la forma física general, la fuerza y masa muscular así como todas las habilidades conseguidas con la práctica deportiva. El desentrenamiento estratégico trata de respetar los ritmos naturales de recuperación del organismo, por lo que ha de ajustarse a ellos de la forma más fiel posible pero, además, ha de anticiparse a ellos. Hay una línea que separa la fatiga del sobreentrenamiento, y el objetivo del desentrenamiento es no sobrepasarla nunca.

Existen ciertas estrategias sencillas que cualquier atleta puede implementar en su planificación con el objetivo de facilitar la recuperación y evitar el sobreentrenamiento. La más sencilla de ellas es la denominada "semana de descarga". Una semana de descarga no es más que un periodo corto, entre dos microciclos de entrenamiento, en la que se reducen la carga movilizada y el volumen de ejercicios. Lo ideal es dejar únicamente los movimientos básicos multiarticulares, prescindiendo de los ejercicios accesorios, y realizar tan solo dos o tres series reduciendo el número de repeticiones o el peso en un 10-20% del habitual.
No obstante, y aunque la introducción de semanas de descarga es la estrategia clásica, existe otra mucho más recomendable y que permite progresar de forma más estable a lo largo del tiempo. Me refiero a la progresión ondulante. Como comentábamos en la anterior entrada, una progresión ondulante introduce descensos de intensidad/carga/volumen de forma periódica antes y después de nuevos ascensos, por lo que se anticipa a los ritmos naturales de recuperación y permite una supercompensación óptima. En la gráfica anterior es posible observar como la línea que marca el síndrome general de adaptación y supercompensación se superpone a los incrementos y decrementos introducidos a lo largo de un ciclo de progresión ondulante.

- Descarga estratégica pre-competición 

Las estrategias de descarga pre-competición son un tipo específico de descarga que tienen el objetivo de asegurar la óptima recuperación de cara a lograr el mayor rendimiento posible durante una competición. La descarga previa a competición es un hecho serio y no debe tomarse a la ligera, pues de ella depende el rendimiento del atleta y cualquier fallo puede dar al traste con sus aspiraciones. Por el contrario, una descarga realizada de forma correcta es garantía de éxito.


Todo lo comentado anteriormente es aplicable a este caso con ciertas consideraciones. Hemos de entender que la intensidad necesaria en el entrenamiento que se practica de cara a una competición hace que el deportista haya ido acumulando un cierto grado de fatiga a lo largo de la preparación, lo que provoca que no pueda rendir al 100% de sus capacidades. Es necesario un procedimiento que permita recuperar dichas capacidades y poder rendir al máximo el día de la competición

Durante el desentrenamiento, que suele realizarse 7-10 días antes de la competición, el organismo se recupera y desvela la auténtica fuerza conseguida en el entrenamiento. Esto es así porque la fatiga enmascara el máximo rendimiento y suprimiéndola conseguimos revelarlo.

A un nivel más profundo, son tres los cambios que podemos observar y que van a beneficiar este proceso:
  1. Se recuperan los niveles de testosterona, que han permanecido bajos durante la fase de máximo estrés.
  2. Se recupera la función completa del sistema nervioso.
  3. Se produce una supercompensación en los depósitos de glucógeno (si se aplica la nutrición adecuada).

- Unas merecidas vacaciones

Cuando el entrenamiento forma parte de tu estilo de vida, el descanso también. Y llegado un cierto momento todo el mundo disfruta de un periodo de descanso. Pueden ser unos días en la playa, un viaje a algún destino exótico o, incluso, conferencias o congresos a las que asistes más por obligación laboral que por placer. Sé que más de uno ya estará haciendo sitio en su maleta para la barra de dominadas e intentando acomodar un par de bandas elásticas en el hueco entre las camisetas y los pantalones, a esos los dejo por imposibles. Pero al resto os doy el siguiente consejo: disfrutad.

Aunque es cierto que un periodo superior a una semana sin ningún tipo de actividad física puede producir ciertos cambios en el aparato neuromuscular, considero mucho más importante y preocupante esa manía, en ciertas ocasiones enfermiza, que tienen algunas personas por "perder músculo" si no van al gimnasio en un par de semanas.


Si tu equipaje se parece en algo a éste, háztelo mirar

Dicho esto, si estas vacaciones están siendo planificadas y tienes margen de maniobra, lo ideal con el objetivo de prevenir cualquier consecuencia negativa de cara a tu rendimiento es plantear un esquema de entrenamiento en el que la semana de descarga coincida exactamente con la semana de vacaciones. Siendo exactos, la semana de vacaciones no puede considerarse con todas las características de una semana de descarga, pues normalmente va a asociar una reducción de las horas de sueño y una nutrición deficiente (deja de buscar hueco en tu maleta para el batido de proteínas) y esto en el mejor de los casos, por lo que es importante prescindir de entrenamientos a intensidades máximas la semana anterior.

Desentrenamiento no planificado y lesiones

- Sobreetrenamiento

Esta vez te has pasado. Admítelo. Reconocer el problema es el primer paso para encontrar la solución. Y en este caso necesitas una solución antes de que sea demasiado tarde.

Como he dicho antes, existe una línea entre la fatiga y el sobreentrenamiento, y la realidad es que se trata de una línea muy fina. Cuanto más inexperto se es, más se tardan en percibir los síntomas de sobrenetrenamiento, aunque cuanto más experto se es y más carga de trabajo se tiende a acumular, también es más fácil llegar al sobreentrenamiento. Lo que más me sorprende cuando hablo con deportistas, profesionales o amateur, es que apenas tienen unos conceptos muy básicos sobre los síntomas de sobreentrenamiento, y como un profesor mío dijo una vez, "quien no sabe lo que busca, no ve lo que encuentra". Instintivamente tendemos a asociar el sobreentrenamiento con los síntomas físicos de fatiga (igual que creemos que la fatiga mental solo puede presentarse con síntomas neurológicos), pero lo cierto es que las alteraciones de la fatiga excesiva son floridas y globales, pudiendo afectar a varios sistemas corporales. Lo más habitual es percibir una sensación global de falta de energía (astenia) que se extiende tanto al terreno físico como al intelectual, unido a una manifiesta falta de fuerza de cara al entrenamiento (somos incapaces de levantar los pesos habituales o, incluso, pesos menores que estos). pero la persona puede llegar a referir modificaciones del apetito, alteraciones del ritmo intestinal normal, problemas para conciliar el sueño por la noche y somnolencia excesiva durante el día, cambios de humor, desinterés por ciertas actividades o falta de motivación. En el caso de un sobreentrenamiento prolongado a lo largo de meses, es posible observar una frecuencia inusitadamente alta de molestias o incluso lesiones. Cuando se trata de mujeres, y sobre todo si el sobreentrenamiento se engloba en un contexto de estrés global (dieta restrictiva y ayunos habituales, entrenamientos intensos y prolongados, privación de sueño) resulta llamativa la retirada de la menstruación previamente normal (amenorrea secundaria).

Una vez el desentrenamiento se ha asentado, la descarga o descanso activo no tiene cabida, y es necesario recurrir al descanso completo. Durante este periodo se espera que se normalicen las posibles alteraciones hormonales (descenso de hormonas sexuales, exceso de cortisol), se reduzca la inflamación de los tejidos y se repongan adecuadamente los sustratos energéticos celulares.


Para empezar, se planteará una semana completa libre de toda actividad física a excepción de la imprescindible. Durante esta semana no se deben introducir cambios radicales en la alimentación. Muchos sentirán la tentación de reducir drásticamente su ingesta calórica debido a la falta de entrenamiento físico, pero esto debe evitarse por todos los medios, dado que se necesitan suficientes nutrientes como para fomentar la recuperación. Determinados suplementos no deben abandonarse (magnesio, creatina, bicarbonato) pero sí podemos plantearnos reducir su dosis. Otros, como la cafeína y otros posibles estimulantes deben eliminarse.

Si sentimos ánimo y ganas de volver a entrenar muy probablemente estemos recuperándonos correctamente y es posible retomar el entrenamiento la siguiente semana, aunque podría ser recomendable comenzar con una reducción de intensidad, a modo de semana de descarga, antes de volver a los rangos habituales. Por el contrario, si nos surgen dudas de si deberíamos volver, seguramente sea más beneficioso esperar otra semana más.

- Abandono del entrenamiento por lesión

Las lesiones suponen un impedimento brusco y total de la posibilidad de mantener el ritmo habitual de entrenamiento. La gravedad de la lesión así como su tratamiento deben ser siempre valorados por un médico traumatólogo y la recuperación deberá ser supervisada por un médico rehabilitador y/o un fisioterapeuta.


¿Qué ocurre con las capacidades del atleta durante el periodo de inactividad? Básicamente podemos decir que cuanto mayor sea la experiencia del deportista y más tiempo haya dedicado a alcanzar su nivel actual, más tiempo será capaz de mantener el nivel de las habilidades conseguidas y más sencillo le resultará recuperarse de las eventuales pérdidas. Como he dicho muchas veces, a la hora de entrenar no queremos conseguir un físico 10 en pocos meses, sino un cuerpo que esté con nosotros 10 años (y, a ser posible, muchos más), por lo que el progreso idealmente habrá sido lento, equilibrado y mantenido en el tiempo. Aquellas capacidades conseguidas en poco tiempo, mediante métodos cuya intensidad pone al límite la resistencia del organismo, o si se ha recurrido a ayudas farmacológicas es difícil que sobrevivan a un periodo prolongado de inactividad.

En el caso concreto del entrenamiento de fuerza y musculación, aunque sería un error generalizar, podemos decir que el tamaño muscular aparente se reduce la primera semana, pues los músculos pierden tono y están menos vascularizados si no se someten a una carga de cierto volumen; y la fuerza, conseguida por entrenamientos basados en la potenciación de la activación neuromuscular, empieza a reducirse en dos o tres semanas por pérdida de la eficiencia en la conducción nerviosa. Hablar de pérdidas reales de masa muscular por compromiso de la fibra es un tema conflictivo y no es posible establecer un tiempo concreto porque varía para cada persona y en función de si su entrenamiento ha estado enfocado a la hipertrofia sarcomérica (volumen funcional y fuerza) o sarcoplasmática (volumen puro) pero podemos apreciar pérdida de masa muscular tras un desentrenamiento de 4 a 6 semanas. Ciertos gestos, como mantener una alimentación adecuada e iniciar actividades de rehabilitación lo antes posible suponen un factor protector que ayudará a mantener parte de las ganancias y puede incluso acortar el tiempo hasta la curación.

Es muy importante que todo el periodo que abarca desde el momento del diagnóstico hasta la vuelta a la actividad física habitual sea supervisado por un profesional titulado y con experiencia, pues será él quien determine las actividades a llevar a cabo durante la rehabilitación. En caso de ser posible, se intentará reducir al máximo el uso de sistemas de inmovilización rígidos y priorizar una recuperación activa basada en la movilidad general. La vuelta al entrenamiento habitual bien podría requerir la guía de un entrenador. En todo caso, la prudencia debe ser el principio que rija estos procedimientos, ya que lo que se pretende es una reparación completa de la lesión en el contexto de una recuperación total de las capacidades previamente conseguidas. El tiempo que puede pasar desde que uno es capaz de volver a entrenar hasta que recupera el nivel que previamente tenía será, como mínimo, igual al tiempo que ha pasado sin ejercitarse.